Sobrevivir a la influenza A-H1N1

Sobrevivir a la influenza A-H1N1

“¡Póngale lo que sea para que viva!”, suplicaron a los médicos los padres de Tomás Quevedo, quien estaba a punto de morir a causa de la influenza A-H1N1. El joven llevaba 30 días en un coma inducido y no mostraba signos de recuperación a pesar de todos los medicamentos que le habían sido administrados. Tomás fue solo una de las 72 mil 548 personas en México que enfermaron de influenza A-H1N1 de abril de 2009 a agosto de 2010, en lo que se consideró la primera pandemia del siglo XXI.

A pesar que desde el 23 de abril el gobierno mexicano había anunciado la emergencia sanitaria, los médicos que Tomás visitó habían descartado la posibilidad de que tuviera influenza: unos desconocían la enfermedad y otros no creían que existiera.

“Cada vez me ponía peor. Me empezaba a poner morado de la gravedad”, recuerda a 10 años de la pandemia. En México la influenza afectó mayormente a los jóvenes, “los cuales empezaban a fallecer a los dos o tres días de empezar un cuadro gripal”. Esto alertó a los médicos, señala el neumólogo y consultor en influenza de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) José Luis Sandoval.

Tomás, de entonces 27 años, recibió el diagnóstico de influenza A-H1N1 en un hospital privado de la Ciudad de México y, posteriormente, fue trasladado al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) debido a su gravedad. Sus pulmones estaban tan llenos de agua que fue necesario realizarle dos agujeros en ambos costados del cuerpo para que por ahí drenara también la pus.

Así, en estado de coma, permaneció un mes, lapso en el que los médicos del INER probaron diversos fármacos que no funcionaron. Sin embargo, había uno experimental que había sido probado en muy pocas personas, pero sus padres, ante el miedo de que muriera, lo aceptaron y la salud de su hijo comenzó a mejorar.

“Después me quisieron despertar y yo no despertaba. De hecho, llegó un momento en el que les dijeron a mis papás: ‘pues piénsenlo para desconectarlo’. El cuerpo ya estaba bien, pero ya no reaccionaba”, cuenta Tomás.

Al despertar del coma, tuvo que volver a aprender a comer, caminar y hasta ir al baño. Para él fue como volver a nacer. “Valoras cosas que haces, como caminar, moverte por todos lados, no depender de alguien. Me daba pena que a mis 27 años mis papás me tenían que estar bañando y llevarme al baño”.

Tomás volvió a trabajar como comerciante en la Central de Abasto seis meses después de abandonar el hospital. Un documento de la Universidad Nacional Autónoma de México identifica a un niño residente de la comunidad de La Gloria, en el municipio de Perote, Veracruz, como el primer caso de influenza. El menor había enfermado durante la primera semana de abril y su prueba había resultado positiva. “Los primeros muertos de esta presentación fueron aquí en México, pero en realidad había un reporte previo de dos o tres semanas en el boletín epidemiológico de los Centros de Enfermedades Infecciosas en Estados Unidos, donde había casos pediátricos en California y Texas”, indica Sandoval.

EL PAÍS EN LOS TIEMPOS DE LA INFLUENZA

En las primeras semanas de la llegada del virus, el trajinar de la Ciudad de México se detuvo. Escuelas, cines, museos, recintos para conciertos y cualquier lugar de esparcimiento fueron cerrados por el gobierno de la Ciudad de México. Incluso, los partidos de futbol UNAM contra Guadalajara y América contra Tecos fueron realizados a puerta cerrada como una medida precautoria tomada por la Federación Mexicana de Futbol. En las calles y en los lugares cerrados las personas transitaban con cubrebocas y el gel antibacterial fue aplicado a miles de manos. El entonces jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, sugirió a los restauranteros considerar el cierre temporal de sus locales y muchos hicieron caso a la recomendación.

En mayo de ese mismo año, cuando la alerta de pandemia se encontraba en fase cinco, cada vez más países confirmaban casos de influenza A-H1N1, por lo que algunas naciones del mundo, como Cuba y Argentina, suspendieron los vuelos aéreos con destino a México, mientras que otros reforzaron sus medidas de seguridad en las terminales aéreas, como fue el caso de Perú y España.

En los hospitales de la capital del país las personas buscaban atención médica ante la sospecha de síntomas. Tan sólo entre el 23 y 24 de abril la fila de personas afuera del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán que buscaban atención médica era de más de 150 metros, recuerda el neumólogo y entonces comisionado Nacional para la Prevención y Control de la Influenza, Alejandro Macías.

Ahí, relata el especialista, se formó un “triage de guerra” en el que las personas eran diagnosticadas en la entrada, para que en caso de haber confirmación del virus los pacientes que estaban internados no resultaran contagiados. “Eso contribuyó sin ninguna duda a la tranquilidad social, a la paz social, a que no hubiera pánico, que suele ser tan malo o peor que las pandemias mismas”, añadió Macías.

Eso mismo ocurrió en el INER, el hospital de Tomás, que fue dividido en áreas de influenza y no influenza. Así, cuando alguien era diagnosticado con la enfermedad ingresaba al instituto por un corredor especial. Y afuera, las personas dormían en la calle con veladoras encendidas. Muchos de los habitantes de las colonias cercanas les regalaron comida. Las medidas tomadas en ese tiempo por la dependencia de salud y el gobierno mexicano, así como el plan de preparación que se tenía ante una situación así, permitieron que el número de decesos no fuera tan alto, pese a que el país fue el epicentro de la pandemia.

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